La curiosidad: cómo entenderla científicamente para poder cultivarla

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La curiosidad: cómo entenderla científicamente para poder cultivarla

A partir de diversos estudios, algunos investigadores explican cuál es el impacto de fomentar la curiosidad en los contextos académicos.

Escrito por: Camila Londoño

julio 3, 2018

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En un contexto académico, los hallazgos sugieren que una mayor curiosidad puede predecir un mayor éxito académico. Según se explica en la plataforma web MindShift, Prachi Shaa, un profesor asociado de pediatría en la Universidad de Michigan, publicó los hallazgos de un estudio realizado con 6.200 niños y descubrió que la curiosidad elevada, estaba relacionada con habilidades matemáticas y de lectoescritura superiores en estudiantes de kínder. El estudio, sorprendentemente, también evidencia que los estudiantes de contextos pobres con una fuerte “sed de conocimiento”, se desempeñaron tan bien como aquellos que provenían de hogares con mayores posibilidades económicas. “En niveles altos de curiosidad, la brecha de logros asociados con la pobreza estaba esencialmente cerrada”, dice Shah. Ese hallazgo sugiere que promover el pensamiento inquisitivo o curioso, podría reducir las diferencias en el rendimiento escolar en relación a las desventajas socioeconómicas, pero esto no es todo…

La neurociencia está empezando, justamente, a explicar más cosas acerca del poder de la curiosidad.

Cuando tenemos hambre de respuestas, dice la ciencia, nuestra actividad cerebral cambia de maneras que nos ayudan a retener nueva información. La mente curiosa involucra procesos y regiones cerebrales asociadas con la anticipación de una recompensa, entonces queremos aprender más porque las respuestas son satisfactorias. Además, el hipocampo (el centro de memoria), aumenta la actividad y se prepara para almacenar información. Cuanto más queremos saber una respuesta, sugiere la investigación, más memorable se vuelve ésta. En otra investigación, la profesora de educación, psicología y neurociencia de la Universidad del Sur de California, Mary Helen Immordino-Yang, ha descubierto que la curiosidad puede predecir no sólo cuánto recordarán los adolescentes acerca de una historia que han leído, sino también qué tan reflexivos pueden ser acerca de los personajes de la historia.

Se dice también que la curiosidad es un rasgo bastante estable dentro de cada persona (como la felicidad o el hambre) y que puede aumentar y disminuir según el contexto.

El psicólogo, autor e investigador Scott Barry Kaufman asegura que “la curiosidad es automática, está en nuestro ADN… Nacemos con curiosidad sobre tantas cosas”. Sin embargo, no sentimos la misma curiosidad por todo. En cambio, cada uno de nosotros tiene intereses especiales y tendencias naturales, dice el psicólogo. Kaufman asegura que, en un contexto académico, hablar de curiosidad es hablar del gusto de por adquirir tipos muy específicos de conocimiento. En un estudio aún no publicado de 92 niños de 1 ° a 6 ° grado, el experto encontró que todos los estudiantes mostraron cierto nivel de curiosidad. Pero, en su mayor parte, su curiosidad estaba dirigida hacia los intereses sociales y extracurriculares, no hacia el trabajo escolar. En ese sentido, los profesores tienen un desafío: el de encontrar la forma de fomentar el interés por lo que está sucediendo en la sala de clase. Una forma de hacerlo, argumenta Kaufman en MindShift, es permitir que los niños sigan sus propios intereses. Por su parte, Immordino-Yang, también descubrió que cuando el trabajo de clase se conecta con temas que interesan a los alumnos, éstos se involucran de una forma más profunda. Por eso, dicen los expertos, los profesores tendrían que modelar un comportamiento curioso con las actividades indicadas.

Jamie Jirout, asistente profesor en la Universidad de Virginia, también tiene un interés particular por la curiosidad en las aulas.

Su objetivo, al igual que el de otros investigadores es poder llegar a encontrar elementos convincentes de qué es eso que podemos y debemos enseñarle a las mentes jóvenes para que puedan adoptar una naturaleza más curiosa o inquisitiva. Para ella, el tema es vital, pues la curiosidad en realidad tiene muchos beneficios y los estudios sugieren también, que se relaciona con la alegría en el trabajo, las habilidades sociales e incluso la felicidad o la disposición a estar feliz.

Con respecto al ámbito escolar, Jirout sospecha que el lenguaje de un profesor también puede alentar a los niños a pensar como “detectives creativos” en sus tareas escolares. Entonces, por ejemplo, si un estudiante responde una pregunta de un alumno, también debería aprovechar para agradecerle al estudiante por haber hecho la pregunta. Aunque son cosas sutiles, ella dice que pueden marcar la diferencia. Jirout también cree que los docentes pueden ser modelos de cómo sentirse cómodos frente a la duda. Esa idea surge del hecho de que, en su trabajo, Jirout define y mide la curiosidad en términos de cómo las personas responden a las lagunas en sus conocimientos. En ese sentido, los profesores pueden demostrar, a través de sus propios errores o dudas, que admitir no saber algo les abre la oportunidad de aprender. Por otro lado, pueden ajustar los niveles de libertad y participación que le dan a los estudiantes para fomentar así la curiosidad necesaria, aquellas que les permitirá aprender de una manera diferente.

Fuentes:

KQED

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2018-07-03T17:50:23+00:00 julio, 2018|Cómo aprenden los niños|0 Comments

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