Preescolares en libertad

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Preescolares en libertad

“Jardines infantiles en bosques”, una tendencia que nos invita a repensar el sistema educativo y el uso de la naturaleza como recurso pedagógico. Más información en la siguiente nota de El Mercurio.

Escrito por: Fuente Externa

agosto 9, 2017

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Extraída de El Mercurio

Centros de educación infantil en Alemania, Estados Unidos, Corea y Japón proliferan siguiendo la filosofía pedagógica escandinava de una crianza inmersa en la naturaleza. Aquí, una periodista extranjera observa un día en un Waldkita -jardín preescolar en el bosque- en pleno invierno berlinés.

Una mañana de febrero, veinte preescolares se reúnen en un parque municipal de Pankow, un suburbio al norte de Berlín. El cielo está gris, pero los niños tienen las mejillas y el ánimo relucientes. Corren en círculos y gritan de emoción, dándose tumbos en el piso de tierra congelado. Sus padres sonríen con aire ausente, mientras toman café en tazas metálicas.

¡Cucku! ¡Cucku! Al escuchar el sonido de un pájaro, perfectamente imitado en voz alta por un hombre de unos 40 años llamado Picco Peters, los niños se reúnen en un círculo. Se escucha una animada ronda de canciones en inglés y alemán. Luego, los niños mayores, de tres a seis años, se encaminan hacia un paradero de bus cercano a un huerto comunal. Los más pequeños se quedan en el parque. Una mujer llamada Christa Baule dirige al grupo que partió, llevando una mochila donde carga una rama de un metro de largo que asoma peligrosamente. Peters va al final del grupo. Los niños continúan hablando hasta que llega el bus. A los diez minutos, se bajan en la entrada de un parque público y entran corriendo como locos.

El jardín infantil Robin Hood, que abrió en 2005, es uno de los más de mil 500 waldkitas o jardines en el bosque que hay en Alemania. Solo Berlín tiene unos veinte. La mayoría abrió en los últimos quince años y usualmente se encuentran en parques urbanos, donde hay estructuras simples que sirven para acogerlos. Otros, como Robin Hood, se sirven del transporte local para llevar a los niños hasta el bosque, donde pasan el día, independiente de cómo esté el clima. Los juguetes: son reemplazados por ramas, rocas y hojas.

Varios expertos avalan este tipo de enseñanza. En 2003, Peter Häfner, doctor de la Universidad de Heidelberg, dio una disertación en la que aseguró que los graduados de estos jardines infantiles insertos en los bosques crecen con una clara ventaja sobre sus pares que van a jardines corrientes en Alemania. Como adultos, dijo, muestran mejores cualidades cognitivas y habilidades físicas, así como una mayor creatividad y desarrollo social. Libros como ‘Último niño en los bosques’, donde en 2005 el periodista estadounidense Richard Louv acuñó el término del ‘mal del déficit de naturaleza’, o ‘La Guía Coyote para conectar con la naturaleza’ de Jon Young, Ellen Haas y Evan McGown, son citados frecuentemente por los organizadores de Robin Hood. Otro libro, ‘Parque Salvaje’ de Amy Fusselman, fue inspirado en una visita a un parque de aventuras en Tokio.

La filosofía pedagógica detrás de los waldkitas, que privilegia el juego al aire libre y el aprendizaje medio ambiental, proviene de Escandinavia. Pero los orígenes no germanos de esta tendencia sorprenden un poco: no hay nada más alemán que un jardín infantil estatal que funciona en un bosque. Alemania tiene el triple de áreas protegidas que Estados Unidos, en proporción a sus respectivos tamaños. Esto ilustra la importancia que le otorga a la naturaleza y su rol en la salud física y mental de sus ciudadanos.

Menos peleas, más inclusión

Después de llegar, los niños se ponen a correr en una gran extensión de terreno. Algunos saltan, otros arrastran leños cerca de un pantano. La mayoría chupa vegetales y hojas. En Robin Hood, los chicos juegan en libertad y tienen permiso para desaparecer de la vista de sus cuidadores, pero tienen que hacerse oír. Claro que si escuchan “Cucku”, la orden es aparecerse de inmediato y formar una ordenada fila.

-La falta de juguetes significa que hay menos peleas y más inclusión- explicó Peters. -Se dan cuenta de que necesitan a sus amigos si quieren jugar.

Cuando llega la hora del desayuno, los niños tienen sus uñas negras con tierra y, aunque hace mucho frío, no se quejan. Ordenan sus mochilas y van al baño calladamente, sin ayuda de nadie. Después, cada uno contribuye con un pequeño contenedor plástico con fruta y alimentos frescos. Todo se ordena en círculos, como en un mandala. Baule les había dado la idea de “arreglar el desayuno bonito” y así lo hicieron. El resultado fue tan hermoso como se vería en un restaurante.

Como cada mañana, desayunan en silencio. Uno de sus profesores les dijo hace meses que así era muy probable que el grupo atrajera a uno o varios ciervos. Si no, por lo menos podrían escuchar el canto de los pájaros. Al terminar, se van a internarse en el bosque.

Los walkitas son un fenómeno extendido. Hay algunos en Estados Unidos y también en Inglaterra, Japón y Corea del Sur, países donde la educación es por lo general muy estricta. Su fama ha crecido a través del boca a boca de los padres. Y en Alemania, no es una opción que interese solo a las familias ricas o excéntricas: como todos los jardines infantiles en Berlín, Robin Hood tiene apoyo estatal para niños de 2 a 6 años. Los de Nueva York cuestan, como mínimo, 40 mil dólares anuales.

Al final del día, a pesar del frío y de haber estado al aire libre durante cinco horas y media, nadie parece apurado por entrar a un recinto cerrado. Solo yo. Al volver al edificio modesto de Robin Hood, los pequeños patean sus botas y arrojan lejos sus parkas de nieve. Su volumen de voz baja un sesenta por ciento. Se sientan a comer ensalada y polenta en una mesa larga. ¿El postre? Un vaso de jugo de sauco, que ellos mismos habían cosechado en el verano.

Después de almuerzo, Baule saca un álbum con fotos de los niños en años pasados. Algunos se acercan, curiosos, a ver cómo se veían cuando eran guaguas.

La habitación, llena de cojines y libros, está tranquila. Todos se ven tranquilos y felices. Los infantes serán recogidos en una hora más. *

Los niños de los jardines en el bosque no tienen juguetes. Juegan con ramas, rocas y hojas y ruedan, felices, por colinas de tierra.

Fuentes:

“Preescolares en libertad”, Alice Gregory (The New York Times). El Mercurio

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2017-08-09T11:29:40+00:00 agosto, 2017|Actualidad, Cómo aprenden los niños|0 Comments

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